En el corazón de la espiritualidad americana florece una historia de fe y entrega. La primera santa del continente, conocida como Santa Rosa de Lima, forjó su santidad bajo el amparo de la Orden Dominicana, transformando su hogar en un refugio de oración y sacrificio.
La vocación dominicana de Santa Rosa de Lima
La influencia de los dominicos se hizo aún más evidente cuando Isabel Flores de Oliva tomó el hábito de la Tercera Orden Dominicana. Este paso no fue un simple formalismo; significó su compromiso total con el carisma de la orden, permitiéndole vivir una vida de santidad en el mundo secular, desde su propia casa.
Su celda de oración y su jardín se convirtieron en su monasterio personal, donde practicaba la austeridad y la meditación bajo la inspiración de figuras dominicas como Santo Domingo de Guzmán y Santa Catalina de Siena.
El rol de la Orden Dominicana en su canonización
La Orden Dominicana no sólo formó a Santa Rosa, sino que también fue la principal promotora de su causa de canonización. Tras su muerte en 1617, los dominicos fueron los primeros en documentar su vida, milagros y virtudes, presentando el caso con fervor a la Santa Sede.
Su canonización en 1671 fue, en gran medida, un triunfo de la orden que la había amparado y guiado espiritualmente durante toda su vida. Por ello, cada 30 de agosto es un recordatorio del profundo vínculo que la une a la gran familia dominica, un lazo que sigue inspirando a miles de fieles en todo el mundo.
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