Crónica sobre la devoción a la Virgen del Carmen.
Consuelo maternal. La Virgen del Carmen fue declarada Patrona del Perú en 1985 por la Conferencia Episcopal Peruana, debido a su arraigada devoción en el pueblo fiel (Conferencia Episcopal Peruana, 1985).

La devoción a la Virgen del Carmen no siempre nace por tradición. A veces brota del dolor que pesa en el pecho, del cansancio que no se dice en voz alta, del vacío que deja la incertidumbre. Nace, simplemente, cuando uno ya no sabe a quién acudir y levanta la mirada al cielo buscando consuelo. Así fue como la conoció Susana Aybar, una mujer sencilla, de voz suave, originaria de Ica, que llegó a Lima buscando una nueva vida, sin imaginar que también encontraría refugio bajo el manto de una madre con rostro sereno y mirada que abraza sin juzgar.

“Yo no conocía bien a la Virgen del Carmen”, dice con la sinceridad de quien no tiene miedo de hablar desde su vivencia. “La conocí cuando vine a vivir aquí. Fue en un momento difícil, cuando mi hija enfermó varias veces y yo no sabía qué hacer. Me sentía sola, sin apoyo. Empecé a rezarle sin entender mucho, solo con el corazón… y sentí su presencia, sentí paz. Desde ahí, ya no me separé más de ella”. Lo dice con esa firmeza que nace cuando algo te cambia por dentro, sin grandes palabras, pero con verdad.

Susana no necesita adornar lo que cuenta. Su voz, aunque tranquila, deja entrever historias que pesan: una infancia marcada por la dureza, heridas familiares, sobre todo con su madre. “Crecí con resentimiento, con un corazón duro”, confiesa sin bajar la mirada. “Pero con la Virgen fue distinto. Estar frente a ella era sentir algo que nunca había sentido. Paz. Calma. Yo le pedía que me ablande el corazón… y con el tiempo, lo hizo».

Este momento no se trató de un instante fugaz, sino de una transformación silenciosa que se volvió parte de ella. “No solo voy al templo por la festividad”, cuenta. “Yo le hablo siempre. Le cuento mis cosas, mis preocupaciones. Cuando estoy angustiada, me arrodillo y le entrego todo. Ella no me ha fallado”. Para Susana, la fe no se predica. Se vive y se transmite.

Su esposo también se volvió devoto, al igual que sus hijas, quienes hoy caminan con ella en cada peregrinación. “A veces no hablamos mucho de eso, pero yo sé que ellas sienten lo mismo”, dice con dulzura. “La Virgen entró a nuestras vidas para quedarse”. Fue algo que se fue dando poco a poco, hasta volverse parte de su rutina, de su forma de mirar la vida.

A quienes aún no conocen a la Virgen del Carmen, Susana les aconseja acercarse sin miedo. “Ella no pide cosas grandes. Solo que le hables con sinceridad. Y cuando lo haces, te cambia. Así me pasó a mí”. Su historia no tiene luces ni espectáculo, pero guarda algo mucho más valioso: una transformación interior, una fe que dejó de ser pedido y se volvió compañía. La Virgen no solo le respondió, la sostuvo. Le dio fuerza cuando se quebraba por dentro, le dio paz cuando el mundo se volvía ruido. Desde entonces, Susana camina con la certeza que una madre como nuestra Virgen del Carmen nunca suelta la mano de sus hijos. Nunca.

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